Cómo Trump estaría con Estados Unidos suplantando a la ONU en los grandes conflictos mundiales

Desde su regreso a la Casa Blanca en 2025, Donald Trump ha impulsado un enfoque en el que Estados Unidos asume un rol protagónico en la resolución de los grandes conflictos mundiales, relegando a un segundo plano a la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Esta estrategia, que combina su conocida doctrina de «America First» con una preferencia por la acción unilateral, refleja tanto su estilo personal de liderazgo como una visión pragmática de la diplomacia global. A continuación, exploramos cómo Trump estaría posicionando a Estados Unidos como una alternativa a la ONU en la gestión de crisis internacionales, basándonos en sus acciones recientes y su historial político.
Un liderazgo directo en conflictos clave
Trump ha dejado claro que prefiere que Estados Unidos tome las riendas en lugar de depender de lo que él ha descrito como una ONU «ineficaz» y «burocrática». En los últimos meses, su administración ha liderado negociaciones en dos de los conflictos más apremiantes del momento: la guerra en Ucrania y el enfrentamiento en Gaza. En ambos casos, Washington ha actuado como mediador principal, organizando mesas de diálogo en Riad y Catar sin la participación directa de la ONU. Esta decisión no solo subraya la confianza de Trump en su capacidad para influir en los actores involucrados, sino también su apuesta por acuerdos bilaterales o multilaterales liderados por Estados Unidos, en lugar de esperar resoluciones del Consejo de Seguridad, a menudo paralizado por vetos cruzados entre potencias como Rusia y China.
El enfoque de Trump se basa en su experiencia previa. Durante su primer mandato, intentó negociar directamente con líderes como Kim Jong-un de Corea del Norte, mostrando una inclinación por el contacto personal con figuras clave en lugar de delegar en organismos multilaterales. Ahora, con una administración más consolidada, parece decidido a aplicar esta fórmula a mayor escala, utilizando el peso económico y militar de Estados Unidos como herramientas de persuasión.
Una crítica implícita a la ONU
Sin atacar abiertamente a la ONU en cada discurso, Trump ha insinuado en varias ocasiones que la organización no está a la altura de los desafíos actuales. En febrero de 2025, afirmó: «Muchos de estos conflictos en los que trabajamos deberían resolverse, o deberíamos tener ayuda para resolverlos, y nunca vemos esa ayuda. Esa debería ser la misión principal de Naciones Unidas». Esta declaración refleja una frustración con la lentitud y las divisiones internas de la ONU, que a menudo lucha por alcanzar consensos efectivos en medio de intereses divergentes entre sus miembros permanentes.
La ONU, por su parte, no ha logrado adaptarse con rapidez a un mundo donde los conflictos se entrelazan con dinámicas de poder que escapan a su estructura tradicional. La falta de avances concretos en Ucrania y Gaza, sumada a la percepción de que su rol se ha reducido a lo humanitario, ha dado a Trump un argumento para justificar su enfoque. Mientras la organización depende de la cooperación entre naciones —un proceso que puede ser tedioso—, Estados Unidos bajo Trump actúa con una agilidad que, aunque no siempre exitosa, proyecta una imagen de determinación.
Retiro de compromisos multilaterales
Un pilar de esta estrategia ha sido el abandono de instituciones asociadas a la ONU. Apenas asumió el poder en enero de 2025, Trump retiró a Estados Unidos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y del Acuerdo de París sobre el cambio climático, repitiendo movimientos de su primer mandato. Además, redujo drásticamente la contribución estadounidense a la ayuda humanitaria internacional a través de USAID, que en 2024 representó el 47% del total de la ONU. Estas decisiones no solo liberan recursos para que Washington los destine a sus propias prioridades, sino que también envían un mensaje: Estados Unidos no necesita de la ONU para proyectar su influencia.
En lugar de canalizar esfuerzos a través de la organización, Trump ha optado por fortalecer alianzas directas con países clave y liderar iniciativas propias. Por ejemplo, su administración ha incrementado la presión sobre China mediante sanciones y ha buscado acuerdos con socios como Arabia Saudita e Israel para estabilizar Oriente Medio, todo ello sin recurrir a los mecanismos de la ONU.
El enfoque de Trump no está exento de obstáculos. Negociar conflictos como los de Ucrania y Gaza sin lograr sentar a todas las partes en la misma mesa —Rusia y Ucrania, o Israel y Hamás— demuestra que su apuesta por la acción unilateral tiene límites. Sin embargo, su insistencia en que Estados Unidos puede resolver «problemas enquistados» refleja una confianza en el poderío estadounidense que resuena con su base y con quienes ven a la ONU como un foro más retórico que práctico.
Analistas señalan que esta postura podría debilitar aún más a la ONU, llevándola a un rol secundario en la diplomacia global. Si otros países perciben que Estados Unidos puede actuar con éxito sin la organización, podrían seguir su ejemplo, reduciendo la credibilidad de la ONU en procesos de paz. No obstante, Trump parece dispuesto a asumir ese riesgo, priorizando resultados tangibles bajo su liderazgo sobre la preservación de un sistema multilateral que, a su juicio, no ha cumplido con las expectativas.
Con Trump al mando, Estados Unidos está redefiniendo su papel en los grandes conflictos mundiales, apostando por una diplomacia directa y pragmática que deja a la ONU en un segundo plano. Este giro no busca destruir a la organización, sino aprovechar sus debilidades para posicionar a Washington como el principal árbitro global. Si bien el éxito de esta estrategia aún está por verse, el enfoque de Trump ofrece una alternativa clara a un sistema internacional que, para muchos, ha mostrado más intenciones que resultados concretos.